Domingo 12 de julio, 8.04 hrs. en un bar de Atocha, bebedores de última y primera copa, personal de servicios de limpieza tomando el desayuno, viajeros y gentes de mal y buen vivir frente a un televisor de plasma xxl. Se produce una terrible cogida en San Fermín que nos recuerda la reciente, se nos encoge el corazón, la fiesta deja paso a un reguero de sangre y la se nos puede colar entre rayos catódicos, emplazarse descarada junto a nuestras alegrías y recordarnos la finitud o endeblez de lo que nos rodea, de la y nuestro propio ser. Fiesta y muerte.

Con la retina ensangrentada y el desayuno atragantado, vamos a la Sala Alcalá a ver la exposición de Annie “Vida de una fotógrafa, 1990-2005″.

Descubro a otra Annie, a la íntima y familiar, totalmente opuesta a la comercial ¿o quizás no? Es una Leibovitz apegada y afectuosa, ávida de captar todo lo que le rodea, de apresar el recuerdo de su trayectoria vital y la de los suyos en un negativo, pero con la misma delicadeza y pasión que en el resto de su obra.

Me impresiona la exposición fotográfica y la exposición de su propia intimidad. Las fotos de vida, nacimiento y muerte. Vacaciones familiares, fotos en la playa, ella embarazada, sus hijas… pero para mi si hay algo que marca esta exposición es precísamente la honestidad y la muerte. En la gran mayoría de las imágenes no hay retoque ni maquillaje, es una fotografía limpia de tratamientos digitales y edulcorantes visuales.

Numerosas fotos de su compañera y escritora Susan Sontag en su proceso de lucha contra el cáncer. Operaciones, quimio, hospitalizaciones, traslados y muerte… porque igual que nos muestra la vida, los momentos compartidos, también nos detalla y presenta la muerte, tanto la de Susan como la de su padre. “La fotografía fue de algún modo parte de lo nuestro. Me sucede lo mismo con los retratos de mi padre. La relación que tuve con él la entiendo mejor desde ciertas imágenes íntimas”. Vida y muerte.

La exposición, producida por el Brooklyn Museum y en colaboración con la Comunidad de Madrid, estará hasta el próximo 6 de septiembre en la Sala Alcalá, calle Alcalá, 31. Está integrada por unas 200 fotografías, muchas de ellas trabajos de gran formato y paisajes en blanco y negro, así como numerosas fotos de familia privadas y retratos de pequeño formato en blanco y negro.

De vuelta en el tren leo la columna de Carmen Rigalt sobre la exhibición mediática de la muerte en San Fermín y como los padres del americano fallecido hace catorce años se llevaron la cabeza del toro que mató a su hijo como recuerdo, me estremezco nuevamente.

No se si realmente reside en nosotros un afán de voyeurismo o un intento de comprender nuestro propio destino en la muerte de los demás. Vida y muerte, en definitiva.

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